EL DILEMA DEL INTERPRETE

EL DILEMA DEL INTERPRETE


Quiero acentuar dentro del campo de la cultura, varios aspectos que hacen al arte musical y, a su vez, aquel rasgo de éste que más me implica, como ser humano y como cellista: la función del intérprete.

Es una idea arraigada el pensar que creador es algo que le compete al compositor y quien realiza la obra (el interprete) debe ajustarse a lo compuesto, a la letra escrita -partitura- sin “salirse” de ella, a fin de no “traicionar” la verdad que encierra la obra: su espíritu.

La obra no es algo en sí misma sino que se completa en la interpretación musical y encuentra su punto de cierre en el oyente.

Es sin dudas la función del intérprete un acto creador, un acto que engendra un puente que redefine la geografía de lo escrito, al trasladar la composición al campo de la sonoridad misma.

El intérprete deja de ser tal cuando no es libre y queda prisionero en las pautas, no de técnica musical instrumental o del género compuesto en la obra, sino por el sistema cultural mismo que lo condiciona y sobredetermina. Estamos, ahora sí, en el eje de una temática mas vasta: la política cultural.

Ciertas políticas económicas, en algunos países del mundo, desde un “Summo Criterio” burocrático y estatista, se dedicaron a marcar y dirigir a la cultura y a la música, en sus aspectos creativos, tanto en el campo del compositor como el del intérprete. Sin dudas estas pautas hicieron escuela y su influencia excedió a su esfera de dominio, extendiéndose hasta nuestro país y erigiendose, en muchos casos, en un modelo paradigmático a seguir.

Estos regímenes políticos, produjeron en el campo de la interpretación musical a grandes virtuosos de los instrumentos. Pero el aspecto humano, imaginativo, crítico e innovador quedó sepultado por la existencia de la censura y de la ideología imperante que conformaban tanto el estado y sus autoridades por un lado como por la sociedad misma a través de un público sujeto a las decisiones y dictámenes provenientes del autoritarismo que se imponían como “la verdad de la estética”.

Asfixiados por la superestructura cultural, los espacios psíquicos, espirituales y creativos, devinieron más coordenadas de repetición que una arquitectura del mundo interior sensible y generoso, crítico y abierto al discenso y a la introducción de lo nuevo.

Podriamos decir, a manera de síntesis, que el acto musical interpretativo fue generalmente sustituido por un virtuosismo obsesivo, reinstalador de formas y fórmulas ya perimidas pues allí no asechaba peligro alguno, ni tampoco se afectaba la suceptibilidad del estado.

Estos resultados estéticos encuentran en “las Grandes Potencias Libres” su contracara: tecnologías de punta, posibilidades de acceso a la superabundancia de elementos materiales y de consumo. El resultado de esta cultura fueron productos vanguardistas, de gran especulación intelectual y la innovación en la composición y en la interpretación a partir de la técnica aplicada a los nuevos recursos. El acento histórico privilegió lo nuevo tecnológico que permitía diferenciarse de lo viejo, pero en el campo del espíritu no se logró ahondar en el espacio íntimo y creador sino que, paradojalmente, prevalecieron ciertas raices estéticas que se erigieron en paradigmáticas, aquellas que se seguían encontrando en el barroco, el renacimiento etc.

Ese modelo, ratificado por la mayoría de los oyentes, constituye a su vez un límite, un vaciamiento del creador moderno, del intérprete que – imbuido en las coordenadas de la problemática del hoy, y de una cultura que no responde ya al contexto ni histórico ni espiritual de otras épocas- se encuentra ante la partitura con un profundo avance en lo técnico y con una falta de maduración en los valores que intenta representar sonoramente.

Esa asfixia ante la partitura parece encontrar un punto en común con los paises estatistas y burocráticos.

Luego de estos dos planteos generales me pregunto ¿Cómo debe abordar el intérprete musical una obra (vgr. de Bach), en un contexto cultural como el nuestro, sin caer en el campo de la repetición, ni de estéticas perimidas sin que ello implique el extrapolar una tecnología de punta -o sea una estética de este siglo- allí donde antes no la había?

No tengo una respuesta definitiva pero sí una idea que he podido verificar: apelar a todo aquello que somos: lo racional, lo irracional, lo instintivo y lo intelectual, no despreciar lo nuevo tecnológico ni erigir en algo intangible a ciertos compositores del pasado, pues todo eso y en conjunto es nuestro yo, es decir nosotros o sea nuestra cultura de fines del siglo XX.. Ese asumir-asumirse, en tanto mosaico heterogéneo, es la actitud que funciona como un shock que nos permite el despertar de ese adormidero que es el constante bombardeo de la tecnología y también el de las consignas autoritaristas del materialismo.

Sin dudas esta actitud responde a un espacio interior, el cual debe ser alimentado, desarrollado y expuesto en cada acto de concierto. Yo denomino socialización de la cultura a su posibilidad y mundo interior a aquel espacio que se nutre allí donde los materialismos dialécticos y los capitalismos consumistas fallan. Fallan, digo, pues intentan suturar unos con normas estéticas cosificadas y los otros con el derroche de tecnología. Es nuestra tarea el mantener abierta esa “herida” que tiene mas de vida que de muerte, pues abre el campo de la pregunta, del interrogante, esto es lo que cada uno de nosotros somos, al revertir las respuestas fijas e idénticas de los virtuosismos vacíos y los ánimos sin temple.

El acto del intérprete es creador al aprehender y vivir en la nota sonora que él es. Trasladannnndo la nota escrita a la vibración del sonido se ha decidido a ponerle el hombro al compositor. En esa acopladura se da la concordancia ya que al tocar la cuerda se palpa al “cordis” y es a partir de esta combinatoria de notas cuando se vive y revive.

El acto del intérprete es creador porque al no ser materia inanimada ingresa en la casa del sonido: cuerpo sonoro y escrito, cuerpo de la anatomía humana y el instrumental. Al atravesar el umbral la casa pasa a ser hogar. Pulsando la cuerda de aquello eterno que es la cadena del sonido se le insufla vida -a través de las ondas- al fecundar las notas escritas, y entonces éstas crecen tomando cuerpo, y se potencian hasta el extremo de lo humano, pues allí y solo allí el auténtico intérprete és.

En este reino del hogar es posible colocar la lumbre sonora del espíritu y cobijar a la mujer mas hermosa: la música.


LEO VIOLA
Violoncellista 

Updated: marzo 8, 2014 — 2:34 pm
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